Dos edades, dos mujeres

Por  |  0 comentarios

Parece una bobada, pero 5 años de diferencia de edad cuando se sitúan en la franja de los 20 a los 30 años pueden ser una barbaridad. Durante esta etapa por fin somos realmente conscientes de lo que nos gusta y lo que no, empezamos a aprender que hay que encontrar un equilibrio entre la realidad, nuestras aspiraciones y las limitaciones y sobre todo nos hacemos conscientes de que nuestra vida va a estar en continuo cambio mientras algunas cosas de fuera, por desgracia parece que se resisten en su posición estática.

La visión de la vida de una chica que roza los 30 y de otra que está a punto de alcanzar el cuarto de siglo puede ser completamente opuesta, pero siguen coincidiendo en una misma cosa: el papel que les intentan hacer asumir por el hecho de ser mujeres.

La vida de una chica millenial

Tengo 24 años y pertenezco a esa generación que hoy en día se conoce como los ‘millenial’. Se supone que nosotros somos los que vamos a cambiar el mundo, los que vamos a romper por completo con los esquemas sociales que estaban establecidos hasta ahora y sobre todo los que vamos a revolucionar el mundo por nuestra particular forma de concebir la vida.

Yo no aspiro a tener jamás una casa en propiedad y tampoco a tener hijos -imagínate si me cuesta ser responsable de mí misma hacerlo de otra persona- y mucho menos a dedicar mi tiempo a ellos. Yo no aspiro a tener lo que tenía mi madre a mi edad, una vida que hasta ahora se consideraba estable y que colocaba a la mujer en el puesto que le habían hecho creer que le correspondía.

Tener esta visión es algo común para la gente de nuestra edad sin embargo las mujeres, además de preocuparnos por la responsabilidad que supondría tener que cuidar y criar a un hijo -porque sí, es algo que por desgracia sigue dependiendo más de nosotras que de ellos- tenemos que preocuparnos de poder o no mantenerle, teniendo en cuenta que la brecha salarial y laboral que nos separa de los hombres  sigue siendo lo suficientemente grande como para caer en ella, aún perteneciendo a la generación que está supuestamente destinada a cambiar el mundo.

Poder alcanzar por fin el trabajo de mis sueños, ya aparece en el horizonte como una grandísima utopía y al final eso es en lo que se está convirtiendo para nuestra generación el poder trabajar de algo que realmente nos haga sentir realizados. Pero la utopía se hace todavía más inalcanzable para mí cuando veo que del total de personas que se dedican a esa profesión en nuestro país, un 80% son hombres.

Ser millenial no solo supone una etiqueta para las revistas de moda, supone  una responsabilidad que nos ha llegado sin pedirla y que no sabemos muy bien cómo gestionar, porque no nos han educado para ello. Aún nos queda mucho por aprender y sobre todo mucho camino de concienciación para conseguir una paridad real entre hombres y mujeres que nos permita asumir los papeles que realmente queremos asumir y no unas imposiciones que se siguen reflejando en unas cifras desalentadoras.

Para saciar vuestra curiosidad, diré que el trabajo de mis sueños es ser guionista y que el único sitio en el que he visto sociedades en las que hombres y mujeres han conseguido alcanzar un equilibrio personal, social y laboral óptimo es en mis historias y en las de otras tantas mujeres que aún sueñan con que la ficción se convierta por fin en una realidad.

rebe y lore 2

Casi 30, toda una vida como mujer

Bueno, bueno no adelantemos acontecimientos porque aunque estoy cerca de los 30, todavía me quedan por delante poco más de un añito y medio para poder seguir disfrutando y despedirme como dios manda de una de mis décadas favoritas.

Pero antes de hablar de lo feliz que han sido estos últimos casi 10 años es hora de hacer un regreso al pasado, en este caso, y recordar el primer día. Sí, tal cual ese primer día en el que yo llego y digo “Hellooo familia” y todo el mundo se entera de que Oh, soy una niña. Qué disgusto y qué alegría a la vez, sino que se lo digan a mi padre, que el pobre mío se hundió a las primeras de cambio y con toda la razón, porque claro para él tener un nene era sinónimo de poder disfrutar de su máxima pasión en este mundo, el fútbol.

¿Pero sabéis qué decidió hacer mi buen padre? Lo que haría cualquier persona sensata y liberal en este mundo, compartir con su niña su deporte preferido y hacer que ella –o sea una servidora- ame el fútbol. Desde los 5 años me enseñó que podía ser una más en la cancha, que podía saber de este deporte todas y cada una de sus reglas, que podría ir al estadio y animar como un verdadero “hooligan” y lo mejor que podría llegar a sentir esta gran pasión por este deporte y, por supuesto, de mi equipo. Ahora seguro que estaréis pensando ¿de qué equipo será? Pero eso, en realidad, es lo de menos, no importa que seas del Madrid, del Atleti o del Leganés, lo que verdaderamente importa es que ni nada, ni nadie te frene a disfrutar de algo en esta vida por el mero hecho de ser una mujer.

Y yo sin quererlo entendí que más allá del futbol, mi padre me enseño toda una verdadera lección de vida, que desde hace muchos años decidí que se convertiría en mi lema. Nada, ni nadie podrían hacerme daño por ser una mujer y aunque son muchas las anécdotas que podría contar durante estos casi 30 años, he seguido siendo fuerte y persistente para demostrar, como mis compañeras, que “tener vulva” no es ningún impedimento sino todo un orgullo.

Es hora de unirnos y de seguir haciendo frente a todas aquellas personas que todavía siguen pensando que ni el fútbol, ni otras miles de actividades, profesiones, estudios o trabajos se encuentran en esa lista de solo cosas para chicos. Solo nosotros tenemos ese poder para poder cambiarlo y sino que se lo pregunten a mi padre que frente a todo pronóstico consiguió la ilusión de su vida, compartir su mayor alegría con su chica.

 

Por: REBECA SERRADA Y LORENA GARCÍA

Debe de iniciar sesión para dejar un comentario Iniciar sesión

Coméntanos algo